This is the original Spanish text of the essays written by Jose Rizal and published in La Solidaridad. The series of essays are now often read in English as a set collectively referred to English as “The Indolence of the Filipinos.”
Sobre la indolencia de los filipinos
El Dr. Sancianco, en su Progreso de Filipinas, se ha ocupado de esta cuestión, cacareada como él la llama, y fundándose en hechos e informes suministrados por las mismas autoridades peninsulares que gobiernan las Filipinas, ha demostrado que no existe la tal indolencia, y que cuanto se dice sobre ella no merece réplica, ni siquiera una ligera atención.
Sin embargo, como aún se ha continuado hablando de ella, no sólo por empleados que la hacen responsable de las propias torpezas, no sólo por frailes que la consideran necesaria para seguir dándose por irreemplazables, sino también por personas serias y desinteresadas como en contra de los testimonios que el Dr. Sancianco cita, se pueden aducir otros de mayor o menor autoridad, nos parece conveniente estudiar a fondo esta cuestión, sin desdenes ni susceptibilidades, sin preocupaciones, sin pesimismos. Y como sólo podemos servir a nuestra patria diciéndole la verdad, por amarga que fuere; como una negación rotunda y artificiosa no puede destruir un hecho real y positivo, pese a la brillantez de los argumentos; como una mera afirmación no basta para crear una cosa imposible, vamos a examinar tranquilamente el hecho, poniendo de nuestra parte toda la imparcialidad de que es capaz un hombre convencido de que no hay redención sin sólidas bases de la virtud.
Se ha abusado mucho de la palabra indolencia en el sentido del poco amor al trabajo, falta de actividad, etc.; el ridículo ha cubierto el abuso. A este socorrido tema le ha pasado lo que a ciertas panaceas y específicos de los charlatanes, quienes a fuerza de atribuirles virtudes imposibles los han desprestigiado. En la Edad Media, y aun en muchos pueblos católicos de nuestros días, se pone a cuenta del diablo todo cuanto el pueblo supersticioso no puede comprender o la malicia de los hombres no quiere confesar; en Filipinas se atribuye a la indolencia las faltas propias y ajenas, las torpezas de los unos y los crímenes de los otros. Y así como en la Edad Media se le perseguía al que pretendía buscar la explicación de los fenómenos fuera de las influencias infernales, en Filipinas lo pasa peor al que busca el origen del desconcierto fuera de las creencias admitidas.
De este abuso resulta que unos están muy interesados en declararlo como dogma, y otros en combatirlo como una ridícula superstición, si no como una punible superchería. Sin embargo, del abuso de una cosa no se debe deducir que ella no exista.
Creemos que algo debe haber detrás de tanto clamoreo, pues no se han de convenir en mentir tantas personas, entre las cuales dijimos que las hay muy serias y desinteresadas. Algunas obrarán de mala fe, por ligereza, por falta de criterio, por cortedad de razonamiento, ignorancia de lo pasado, etcétera; otras repetirán lo que oyen, sin examen ni reflexión; otras hablarán por pesimismo o impulsadas por esa cualidad humana que pinta perfecto o casi perfecto todo lo que es propio, y defectuoso todo lo ajeno; pero no se puede negar que hay algunos que rinden culto a la verdad, y si no siempre a la verdad misma, al menos a su apariencia, que es la verdad en la inteligencia de la multitud.
Examinando, pues, bien todas las escenas y todos los hombres que hemos conocido desde nuestra niñez, y la vida en nuestro país, creemos que allá la indolencia existe. Los filipinos que pueden ponerse al lado de los hombres más activos del mundo, no reprocharán sin duda esta confesión; cierto que allí se trabaja y se lucha mucho contra el clima, contra la naturaleza y contra los hombres; pero no debemos tomar por regla general lo que es excepcional, y que buscamos el bien de nuestra patria diciendo lo que creemos que es verdad; debemos confesar que allí la indolencia existe real y positivamente, sólo que, en vez de considerarla como la causa del atraso y del desconcierto, la consideramos como el efecto del desconcierto y del atraso, favoreciendo el desarrollo de una funesta predisposición.
Los que hasta ahora se han ocupado de la indolencia, excepción hecha del Sr. Sancianco, se han contentado con negarla o afirmarla; no conocemos ninguno que la haya estudiado en sus causas. Sin embargo, los que admiten su existencia y la abultan más o menos, no han dejado por eso de aconsejar remedios sacados de aquí y de allá, de Java, de la India, de otras colonias inglesas y holandesas, como el médico empírico que por haber visto curarse una fiebre con una docena de sardinas, recetaba después estos pescados a todo aumento de temperatura que descubría en sus enfermos.
Nosotros haremos lo contrario: antes de proponer el remedio, examinaremos las causas, y aunque una predisposición, rigurosamente hablando, no es una causa, vamos a estudiar sin embargo en su justo valor la predisposición que se debe a la naturaleza.
La predisposición existe. ¿Cómo no había de existir?
El clima cálido exige del individuo la quietud y el descanso, así como el frío le excita al trabajo y a la acción. Por esto el español es más indolente que el francés; el francés más que el alemán. Los mismos europeos que tanto acusan de indolencia a los hombres de las colonias (y no hablo ya de los españoles, sino de los mismos alemanes e ingleses), ¿cómo viven en los países tropicales? Rodeados de una numerosa servidumbre, no andando jamás a pie sino en coche, necesitando de sus criados no sólo para quitarse las botas sino ¡aún para abanicarse! Y sin embargo viven y se alimentan mejor, trabajan para sí, para enriquecerse, con la esperanza de un porvenir, libre y respetado, ¡mientras que el pobre colono, el indolente colono, se nutre mal, nada espera, trabaja para otros, y trabaja forzado y obligado! ¿Qué? Responderán tal vez que los blancos no están hechos para sufrir los rigores del clima. ¡Error! El hombre puede vivir bajo todos los climas, si solamente se adapta a sus exigencias y condiciones; lo que mata al europeo en los países cálidos, es el abuso de los licores, el querer vivir con el régimen de su país bajo otro cielo y otro sol. Los habitantes de los países cálidos vivimos bien en el Norte de Europa, siempre que adoptemos las precauciones que el pueblo adopta; los europeos podrían adoptar también las de la zona tórrida, si sólo quisieran desprenderse de sus preocupaciones .
Lo que hay, es que en los países tropicales, el trabajo violento no es un bien como en los países fríos; allí es aniquilamiento, es la muerte, es la destrucción. La naturaleza que lo sabe, como madre justa, ha hecho por eso que la tierra sea más fértil, más productiva; es una compensación. Una hora de trabajo bajo aquel sol que quema, y en medio de las influencias perniciosas desprendidas de la naturaleza activa, equivale al trabajo de un día en clima templado; ¡justo es, pues que la tierra dé el ciento por uno! Además, ¿no vemos al activo europeo, al que se ha fortalecido durante el invierno, al que siente en sus venas bullir la sangre fresca de la primavera, no le vemos abandonar sus trabajos durante los pocos días de su variable verano; cerrar sus cámaras, donde el trabajo no es violento y que se reduce para muchos a hablar y gesticular en la sombra y al lado de un bufete, correr a las estaciones de baños, sentarse en los cafés, pasearse, etc.? ¿Qué extraño, pues, que el habitante de los países tropicales, extenuado y empobrecido en su sangre por un calor continuo y excesivo, se reduzca a la Inacción? ¿Quién es el indolente en las oficinas de Manila? ¿Es el pobre escribiente que entra a las ocho de la mañana y sale a la una de la tarde con sólo su parasol, y copia y escribe y trabaja por sí y por su Jefe, o es su Jefe que viene en coche a las diez, sale antes de las doce, lee su periódico, fumando con los pies tendidos sobre las sillas o sobre la mesa, o hablando mal de todo con sus amigos? ¿Quién es el indolente, es el coadjutor indio, mal pagado y mal tratado, que tiene que acudir a todos los enfermos pobres que viven en los campos, o el cura fraile que se enriquece fabulosamente, se pasea en coche, come y bebe bien y no se molesta si no cobra excesivos derechos?
Sin hablar ya de los europeos, el chino, el industrioso chino que huye de su país, arrojado por el hambre y la miseria y que cifra todo su bien en amasar un pequeño capital: ¿a qué trabajos violentos se libra en los países tropicales? Exceptuando algunos cargadores, oficio que los naturales también ejercen, casi todos ellos se dedican al tráfico, al comercio: rarísimo, no conocemos ninguno que se dedique a la agricultura. Los chinos que en las otras colonias cultivan el campo, lo hacen sólo un cierto número de años, y después se retiran.
Encontramos, pues, muy natural la tendencia a la indolencia, y la tenemos que admitir y bendecir porque no podemos alterar las leyes naturales, y porque sin ella la raza hubiera desaparecido. El hombre no es un bruto, no es una máquina: su fin no sólo es producir, pese a las pretensiones de algunos cristianos blancos, que quieren hacer del cristiano de color una especie de fuerza motriz, algo más inteligente y menos costosa que el vapor: el fin del hombre no es satisfacer las pasiones de otro hombre, su fin es buscar su felicidad y la de sus semejantes, caminando por el camino del progreso y de la perfección.
El mal no está en que la indolencia exista más o menos latente, sino en que se la fomenta y exagera. En los hombres, así como en las naciones, no sólo existen aptitudes, sino también tendencias hacia el bien y el mal: fomentar las buenas y ayudarlas, así como corregir las malas y reprimirlas, sería el deber de la sociedad o de los Gobiernos, si pensamientos menos nobles no ocupasen su atención. El mal está en que la indolencia en Filipinas es una indolencia exagerada, una indolencia bola-de-nieve, si se nos permite la palabra, un vicio que aumenta en razón directa del cuadrado de los tiempos, un efecto del desgobierno y del atraso, como dijimos, y no una causa de ellos. Otros opinarán lo contrario, sobre todo los que tienen sus manos en el desgobierno, pero no importa; afirmamos una cosa y la vamos a probar.
To be continued…


